Lo lento es suave, lo suave es rápido.



Por Cecilio Andrade




No me gusta lo más mínimo, para todo aquel que me conoce es bien sabido; hablo de ese deporte de veintidós tipos en calzoncillos corriendo tras una pelotita, básicamente sobre-asalariados pega patadas, ya saben cuál, lo llaman balompié, futbol, soccer. Pues bien, hasta de esa versión moderna de “pan y circo” romano de hace dos mil años se pueden extraer frases y protagonistas que aportan algo. Uno de esos casos, por suerte no el único, es Johan Cruyff, “[...] no es necesario correr tanto. El fútbol es un juego que se juega con el cerebro. Debes estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado, ni demasiado pronto ni demasiado tarde.”

Algún lector fruncirá el ceño pensando, ¿Qué caraj… tiene que ver esto con armas, tácticas y demás especialidades del enano pedante este de Cecilio? No sé qué decirles, sigan leyendo si se atreven y juzguen después. Uds. verán.

Dice un refrán hispano muy conocido “vísteme despacio que tengo prisa”, sin duda alguna evolución del más antiguo proverbio romano, amén de locos (según Obélix) parece que también eran sabios estos romanos, “Anda con calma, que estamos apurados”. Sin duda alguna ambos son refranes o proverbios anticuados, de una época más tranquila, hoy en día no sirven para nada, hay que correr hasta para tomar un relajante muscular, nos les digo nada si de emplear armas hablamos.

El problema actual sobre correr, apurarse y prisas, es sencillo, falta de orden, si no me creen a mí, lean a un poeta, novelista, dramaturgo y científico alemán del siglo XVIII, Johann Wolfgang von Goethe, con un nombre y currículo así quien no le creería, “Aprovechad el tiempo que vuela tan aprisa; el orden os enseñará a ganar tiempo.” Ese es el problema real, el orden, pero para tener orden primero hay que saber qué orden, antes de eso hay que saber “que saber”, y antes de eso hay que tener el deseo de saber. Sencillo. ¿a que sí? Entonces, porque es tan difícil encontrar quien sepa llevar el ritmo adecuado, y por cierto, leyeron bien, escribí ritmo. ¿Hablaré de Vals y Samba ahora?

Por desgracia en una época de pastillas instantáneas para todo mal, aplicaciones ultra-mega-rápidas, descargas de cuatro trillones de mega-gigas por décima de segundo, etc. además de egos que soportan pocos reveses y “pérdidas de tiempo”, hacen que olvidemos todo lo anterior de esta entradilla y un comentario de Don Gregorio Marañón, “la rapidez que es una virtud, genera un vicio, la prisa”, y la prisa, lo crean o no, lleva demasiado tiempo, siempre. “Juez con prisa, juez que yerra” y “La prisa se tropieza con sus propios pies” son dos refranes de la cultura hispana, antiguos, muy antiguos, pero a día de hoy completamente relegados al baúl aquel del desván donde dejamos los trastos viejos del abuelo, el mismo que nos hace parecer cultos e interesantes pero que jamás abrimos, pues… ¿para qué? Mi abuelo decía mientras se liaba un cigarrillo de “picadura” que “quien para mear tiene prisa acaba por mearse en la camisa”, y ¿Qué quieren que les diga? No me gusta eso de llevar mis camisas meadas, y puesto a ello, menos aún sangradas… por mí propia sangre al menos.

En fin, volveré a ponerme serio, culto y pedante, que sarcástico y escatológico ya lo soy por defecto. Según Marie Von Ebner-Eschenbach “Cuando llega el tiempo en que se podría, ha pasado el que se pudo”. Analicen la frase con detenimiento, con calma, eso que tan poco de moda está hoy en día, calma. Si logran hacerlo como digo, ¿es aplicable al mundo real del empleo eficaz de las armas de fuego? ¿Si? ¿No? Les dejo la respuesta a Uds. Personalmente ya tengo la mía, y seguro que ya saben cuál es.

Después de todo, para terminar esta insulsa y pedante entradilla, gracias a Odín, ya lo dijo Bernard B. De Fontenelle, “El que no lo pierde tiene mucho tiempo”. Pues eso, no pierdan tiempo… conmigo.





¿Cuantas veces habré escrito?, o verbalizado, eso de “¡Sólo cuentan los impactos!” Muchas. Tanto a mí mismo como a otras sufridas personas. ¿Cuántas veces me han hecho caso? Mejor no opino. Pueden ser los más veloces tiradores al Suroeste del Pistolero River, pero si no dan al blanco/objetivo de forma constante, metódica y precisa en todas las circunstancias habidas, y por haber, con toda seguridad fallaran cuando el estrés de salvar su vida o la de terceros entre en el cuadrilátero.

Por cierto, si se ponen a buscar el rio que nombro en el párrafo anterior… me lo acabo de inventar. Exista uno real o no, el mío es inventado.

Para conseguir esos impactos metódicos, constantes y precisos en toda circunstancia deben realizar cualesquiera los movimientos y acciones de forma fluida, nunca con prisa ni corriendo. Y ¿saben qué? Para conseguir esa deseada fluidez necesitamos hacer las cosas despacio y con el ritmo adecuado a la circunstancia. La velocidad, la deseada rapidez, vendrá sola si hacemos todo con la fluidez y el ritmo correcto, no necesitaremos preocuparnos por ella, si hacemos todo sin fallos y sin errores. Con fluidez y ritmo… ¡milagro! seremos veloces.




La velocidad adecuada… ¿Cuál es?

La respuesta es tan simple como sencilla de demostrar, la velocidad que debemos buscar es aquella en la que sentimos que el cuerpo trabaja a la velocidad normal, sin prisas, sin forzar la máquina ni buscar apurar lo que ya está en marcha.

La velocidad correcta es simple y llanamente la ausencia de errores, de excesos, de “arena en los rodamientos” de una ejecución correcta. Hagan todo correcto, a la velocidad en la que controlen cada uno de los ínfimos detalles que implica el tiro, empuñar, alinear, encare, puntería, colocación/actuación de dedos, manos, brazos, hombros, cabeza, tronco, caderas, piernas, pies, etc. Háganlo al ritmo adecuado y eso les dará la fluidez necesaria.

¿Cuántas veces han visto a verdaderos expertos ejecutando ejercicios complicados a aparente “cámara lenta”? Y tras contrastar su ejecución con un cronómetro, un timer o simplemente la duración del video que hemos grabado con nuestro teléfono último modelo, descubrimos que lo ha hecho 2, 3 o 10 veces más rápido, preciso y eficaz que en nuestros mejores sueños tácticos.

¿Por qué parece que lo hacen a cámara lenta? ¿Por el ritmo? ¿Por la fluidez? La velocidad correcta es producto de la práctica adecuada y sin errores. Sin errores implica sin correcciones, y sin correcciones implica no “perder tiempo”. Más fácil imposible. ¿Por qué lo hacemos tan difícil?

Y ahora tenemos otra cuestión, ¿podemos movernos a un ritmo y disparar a otro? Y, sobre todo ¿sin perder fluidez? Mi respuesta es un ¡SI! Rotundo. Es posible disparar y movernos a ritmos diferentes sin perder ni un ápice de fluidez, precisión y eficacia, solo necesitamos esa “práctica adecuada y sin errores”.

Nuestro cerebro de homínido lleva más de 6 millones de años caminando por una senda de perfeccionamiento. Su masa media de algo menos de kilo y medio con 1000 billones (1015) de conexiones sinápticas, no ha variado gran cosa en los últimos 100,000 años, que no son pocos años. Pues bien, esa masa gelatinosa y apenas cartografiada tiene todos mecanismos adecuados para lograr todo lo comentado en este trabajo, e infinidad de otras muchas más. Tan solo debemos saber cargarlo con las “aplicaciones” adecuadas. Y ¿saben que cosa? esas “aplicaciones” son algo tan “sencillo” como entrenamiento adecuado y experiencia.

Hasta hace unos diez mil años, en realidad yo diría hasta hace unos mil o menos, la máxima preocupación para la supervivencia individual era poner una piedra, una lanza, una flecha, una espada o un puñal en el interior del cuerpo de nuestro adversario, ya fuera otro homínido bípedo o un temible y prehistórico Smilodon “dientes de sable”. Con la aparición de las armas de fuego más o menos portables, y sobre todo en los últimos 150 años de Historia, la realidad no ha cambiado en absoluto.


En la antigüedad, histórica y pre-histórica, la movilidad era necesaria, un blanco inmóvil era una presa sencilla de abatir, muy sencilla. Los mejores guerreros y cazadores eran artistas del movimiento táctico y/u operativo. La movilidad operativa favorecía las emboscadas, los “golpes de mano”, atacar los flancos, etc. La movilidad táctica evitaba convertirlos en blancos accesibles, a la vez que buscaba exponer los huecos en la guardia del adversario, del tipo que fuera.

A día de hoy, finales de la segunda década del siglo XXI, nada de eso ha cambiado. Seguimos necesitando todo ello para sobrevivir en combate, ya sea este en las montañas de Afganistán o en las calles llenas de delincuentes de una cualquiera de nuestras urbes. Cambiamos un lasca de pedernal o un palo aguzado al fuego por una pistola o una navaja de aleaciones aeroespaciales, pero el animal que somos y las empuñan no ha cambiado en nada. Y su cerebro tampoco.

En todos los casos que comento la preparación para ese combate es la misma, sin excepción, aprender y dominar los principios básicos. Entrenándolos hasta que se conviertan en instintos aprendidos, que reaccionemos con esos principios básicos de la misma forma en la que cerramos los ojos y levantamos las manos cuando un amigo nos arroja bromeando una pelota a la cara. Debemos educar a nuestros reflejos/instintos aprendidos/adquiridos para sean casi tan veloces como lo son los reflejos/instintos innatos que la lucha por la supervivencia de 6 millones de años grabó en nuestros genes.

Es imposible acercarnos a la velocidad lograda de los instintos innatos, lo sé, pero esa debe ser la senda a buscar, acercarnos a ella lo más posible. Y para ello tenemos dos cuestiones que para muchos es el obstáculo imbatible, ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo mantenerlo?

La diferencia biológica entre reflejos innatos y adquiridos es relativamente sencilla, los primeros están grabados de forma indeleble en el “disco duro” de nuestro cerebro más primitivo y en los genes, o sea, es inconsciente; los segundos se graban con esfuerzo, metodología y, sobre todo, repetición en la fina corteza cerebral, o lo que es lo mismo, la parte consciente.

Para los japoneses necesitamos 10000 movimientos repetidos para lograr la perfección en cualquier arte. Y de esa verdad, porque lo es y no lo duden, surgen dos problemas, a saber:
- 10000 repeticiones es muy pesado, aburrido y rutinario.
- ¿Realizamos de forma correcta los movimientos que queremos convertir en instintivos?

Respecto al primer punto, entrenamiento en seco o en vacío, katas, etc., poco puedo añadir que todos Uds. no sepan, ahí lo dejo.

Con el segundo solo añadiré un comentario, al cerebro le cuesta lo mismo aprender correctamente que incorrectamente, pero luego “borrar” lo mal aprendido se complica muchísimo más. Seguro que si lo piensan les viene a la menoría malos hábitos, vicios o costumbres que les cuesta sudor y lágrimas deshacer, seguro, todos tenemos de eso.

Resumiendo todo el “tostón” anterior, nunca entrenen para ser rápidos, busquen ser fluidos con el ritmo adecuado. Dejen que la velocidad surja como resultado eficaz de una práctica correcta y adecuada. Recuerden la siguiente “formula”:

Principios básicos = Consistencia = Velocidad

El resumen de todo lo anterior podríamos dejarlo en practicar, entrenar y adiestrarnos hasta lograr emplear las técnicas según sean requeridas.

Simple en texto, no tan simple en logros.




¿Disparar rápido o disparar preciso?

Conozco poquísimos profesionales armados, y aún menos legítimos usuarios civiles, a los cuales les agrade la idea de hallarse en el polígono de tiro, ya sea solo o entre compañeros, obviamente en este último caso la situación es más indeseable para la mayoría, realizando ejercicios en los que el blanco asignado tiene muy pocos “agujeros”, o que estos no están donde debieran.

¿Cómo evitar tales situaciones? Sencillísimo, jamás se salgan de su zona de control y confort, no hagan ejercicio alguno que no sean aquellos que dominan a la perfección, borren de su agenda todos los escenarios que pongan de manifiesto las propias limitaciones, al menos en público, busquen asegurar ese disparo, el primero si es posible, que certifique la tan cacareada, e hipotética, neutralización instantánea del supuesto agresor.

Díganme si les suena más o menos el contexto de las siguientes frases:
- No he agrupado y he fallado los dos últimos disparos, pero eso no importa. Con el primero lo he parado en seco, y ese es el único que cuenta de verdad.

Aparte de cómo pésima excusa, ¿sirve de algo más dicho comentario? Y, permítanme decirlo, ¿es honesto y realista?

Les emplazo a leer un viejo texto sobre este asunto.

https://cecilioandrade.blogspot.com/...jo-estres.html





Continuando con el asunto, sobre todo recuerden, la cadencia de fuego está determinada únicamente por la adquisición correcta de los elementos de puntería, y esta adquisición correcta viene dada por nuestras habilidades para controlar cada uno de los detalles del tiro.

Cada vez que pregunto, ¿Cuántos disparos ha hecho? Todo el mundo me contesta lo mismo, 3, 4, 12, o los que sean. Y no importa lo que me digan, siempre se equivocan, cosa que demuestro con una simple y tajante respuesta, “entonces no lo hecho correctamente, debe Ud. hacer un disparo tres veces”, o cuatro, o doce. Cada disparo que hagamos debe ser único, y en su unicidad debe adaptarse a la situación sin salirse ni un milímetro de todos los principios básicos que debemos haber adquirido. ¿Me he sabido explicar? Ojalá lo haya logrado porque es sumamente importante.

Debemos efectuar un disparo cada vez, de uno en uno y respetando todos los principios básicos del tiro, el resto de las técnicas y tácticas se supeditarán a estos principios, empleándose según sean necesarias y requeridas, según la secuencia básica de: punto de mira, presión en el disparador, repetida una y otra vez.

Resúmanlo a un único pensamiento:

Punto de mira = ¡Bang!

Disparen con precisión y eficacia y no les será necesario gastar un desproporcionado número de cartuchos. Recuerden que disparan para detener a la amenaza, nadie, honesto profesional o usuario, dispara para herir ni matar. ¿Por qué? Simple El adversario, delincuente, sicario, etc. es casi siempre quien actuará primero dejándonos a nosotros solo la posibilidad de reaccionar ante una amenaza. Y reaccionamos como homínidos, como animales más o menos racionales que somos, simplemente para sobrevivir anulando la amenaza. Si esa amenaza perece no lo buscamos conscientemente, porque sencillamente no podemos pensar en ese momento, reaccionamos para cumplir el más primigenio y básico de los instintos, a saber, el instinto de conservación.

Todo lo demás son cuentos e historias para no dormir.

“OK Cecilio. Ya vemos que eres muy rudo e… ¿inhumano? ¿Cómo lo paramos en seco?”

En eso el instinto también nos ayudará a disparar a la mayor superficie posible, el denominado “centro de masas”, de la misma forma que nuestros ancestros en la sabana africana dirigían sus lanzas al centro del tórax de las gacelas que cazaban o de los leones de los que se defendían. Además de ser el mayor objetivo, lo que facilita el alcanzarlo, dentro están situados los suficientes órganos importantes y delicados como para lograr una incapacitación más o menos rápida. Corazón y pulmones, si bien puede que no paren a nadie en un instante si son alcanzados, frenarán de forma muy destacable su capacidad de acción. Amén de generar una parada definitiva en un intervalo muy breve.

El cerebro es más eficaz e instantáneo, sin duda, pero por su situación, tamaño relativo y enorme movilidad no es tan sencillo de alcanzar durante una reacción ante un ataque.

Por cierto, a día de hoy, como dato “humanitario”, los avances médicos y farmacéuticos permiten mantener una tasa sobrevivencia del 80% en personas alcanzadas por armas cortas. Piénsenlo cuando salven su vida, o la de los suyos, ante un ataque en el que abaten al adversario.

Disparar con precisión y eficacia también nos permitirá un efectivo control de la munición, factor decisivo en el desenlace de cualquier enfrentamiento. Podremos recargar cuando lo necesitemos de forma controlada, en lugar de tener que hacerlo al descubierto y/o ante un adversario preparado y apuntándonos.




Mentalización.

La decisión del disparo que nos salve la vida hoy ha de ser tomada mucho tiempo atrás. Si debemos decidir si disparo o no a otro ser humano en pleno combate, quédense tranquilos, no tendrán que tomar decisión alguna, no tendrán tiempo para todo ello.

Que la vida es sagrada es algo fundamental en el espíritu humano. Ética, Principios y Valores de todas las civilizaciones, culturas y filosofías sanas se basan en mayor o menor medida, según época y evolución, en ese principio. Pero la primera vida a proteger es la de uno mismo. Debatir este punto moral en pleno combate es la mejor forma de lograr no tener que debatir nada más, nos habrán derrotado y estaremos muertos, o como mal menor, quizás, malheridos.

Lo único que podremos controlar en un enfrentamiento son nuestras propias acciones. Ni el entorno, ni las armas, ni los compañeros, y mucho menos los adversarios estarán bajo el más mínimo control directo nuestro. Perder el control sobre nuestras propias acciones, de nuestro ritmo, limitándonos a reaccionar, implica algo muy simple, si vencemos será porque el adversario es estúpido.

Si logramos controlarnos, merced de un entrenamiento y concienciación anticipadas, tendremos posibilidad de obligar a cualquier adversario a reaccionar a nuestras acciones. Romperemos su ciclo OODA en nuestro beneficio mejorando exponencialmente las posibilidades de supervivencia propias y de los “nuestros”.

Todos tenemos miedo, es el mecanismo que la evolución y la Naturaleza nos perfeccionó para maximizar las posibilidades de supervivencia. Pero si nos dejamos llevar por la reacción básica de miedo, convertiremos un mecanismo positivo de ayuda en un enemigo más a batir. Estar tan asustado o tener tanto miedo a morir nunca ha ayudado en nada. Debemos pelear con la máxima agresividad posible, buscando asegurar, dominar y controlar la situación lo antes posible. Con miedo, obviamente, pero utilizándolo como palanca para incrementar nuestras capacidades. Esa es la función del miedo bajo control.



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