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    Default El gran reto, vencer y vivir


    El gran reto, vencer y vivir.



    Por Cecilio Andrade.

    Me ha resultado imposible empezar este trabajo, y su entradilla en concreto, sin volver a emplear textos de Miyamoto Musashi, si les aburre mi insistencia dejen de leer en este instante, y acepten mis disculpas.
    Miyamoto Dono nos decía “También en la ciencia militar a gran escala, si hay un empate total y no se hace ningún progreso, se producirá una pérdida de personas. Es fundamental detener esto inmediatamente y alcanzar la victoria tomando ventaja de una táctica insospechada por el enemigo. (…) Cuando intentáis alguna táctica sobre un adversario, si no funciona la primera vez, no obtendréis ningún beneficio precipitándoos a hacerla de nuevo. Cambiad vuestras tácticas de manera abrupta, haciendo algo completamente diferente. Si todavía esto no funciona, intentad alguna otra cosa. (…) En la ciencia militar a gran escala, cuando no podéis discernir el estado del enemigo, fingís lanzar un ataque poderoso para ver cómo reacciona. Habiendo visto los métodos del enemigo, es fácil alcanzar la victoria aprovechándose de diferentes tácticas adaptadas especialmente a cada caso.”
    Ciertamente nos habla de batallas a gran escala, muchos cientos, o miles, de hombres maniobrando en compañías, batallones, regimientos, brigadas, divisiones y ejércitos, empleando armas poderosas, en definitiva nos habla de cosas ajenas a lo que comunmente trato en mis trabajos, el enfrentamiento armado individual o muy pequeña escala. Nada más distinto, dirán muchos de los lectores, nada es aplicable, extrapolable ni comparable. ¿Seguros de ello? Permítanme una digresión, o más bien otra, ciertamente.
    En tiempos de Abraham el maestro Hermes Trismegisto aseguraba que toda la información sobre un hombre se podía encontrar en solo una gota de su sangre y que dentro de cada hombre se hallaba representada la totalidad del universo. Formuló entonces un principio al que llamó La Ley de la Correspondencia, que dice:“Como es arriba es abajo, y como es abajo es arriba”. Con estas palabras creó Hermes un método deductivo que permitió vislumbrar la grandeza del universo creado, donde lo más grande de lo más grande es igual a lo más pequeño de lo más pequeño. ¿Aplicable?
    Para volver a poner los pies en la Tierra terminaré la entradilla con una frase de Flavius Vegetius Renatus, del siglo IV DC, esa que dió origen a la frase atribuida erróneamente a Julio Cesar “si vis pacem, para bellum”, la escribió en el prefacio del libro III “Epitoma Rei Militaris” (Compendio de Técnica Militar). Y nos dice dice, “por lo tanto, que quien desee la paz, que prepare la guerra”, y en latín “Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum”.
    ¿Lograré explicar esa preparación en el presente artículo sin parecer que lo hago en latín?

    Desde siempre los mejores estrategas, tácticos y operadores han sabido que esperar para ver lo que hace el adversario, cederle la iniciativa, no es la mejor forma de buscar la victoria y la propia supervivencia. Estas dos volubles y caprichosas damas, Victoria y Supervivencia, prefieren a las personas dinámicas, atentas, previsoras y sobre todo ágiles, tanto de mente como de cuerpo, pero quizás más de lo primero.
    Ello no implica agredir a todo aquel que nos mire dos veces seguidas o de reojo, ni estar saltando cada vez que alguien se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón, o llamar solicitando apoyo de la unidad de fuerzas especiales más cercana al ver a varios tipos malencarados, vestidos con pantalones tácticos “megacool”, sentados en la mesa cercana a la puerta del bar donde estamos tomando café con esa chica tan linda que por fin aceptó nuestra enésima invitación.
    Lo que si implica es siempre permanecer en movimiento, maniobrando para ofrecer los menores ángulos de ataque posibles. Y menores en este caso no es sinónimo de inexistentes, recuerden eso. Implica el intentar poner a nuestros posibles e hipotéticos adversarios en posiciones débiles. Inducirlos a creer estar en aparentes posiciones rentables que en realidad son meras trampas. Implica el provocarlos para que abandonen posiciones ventajosas, para acabar respondiendoles con opciones negativas para ellos.
    Un adversario en esta situación acaba desconcertado, frustrado y enfurecido, los tres principios básicos para generar los peores errores fatales, para él por supuesto, para nosotros los mejores obviamente.
    Algunos, al leer estas líneas, pensarán que estoy hablando de combate puro y duro, situados en cualquier lugar del violento planeta donde nos ha tocado vivir, y ello, se lo aseguro, nada más lejos de mi intención ni de la realidad.
    El más humilde ciudadano puede aplicar estos principios no solo en situaciones de riesgo extremo, sino también en su día a día personal, social y laboral, pero también, con la inseguridad ciudadana en curso, en cualquier salida de compras o de simple ocio. Y sin lugar a dudas cuanto más para todos aquellos que se dediquen a la seguridad, profesionales armados de toda clase y nivel.
    No se requiere autogenerar una paranoia, pero si el tener claro el mundo en el que vivimos, junto a todo aquello que por nuestro estatus, posición, situación o dedicación podemos encontrarnos, que actitudes y reflejos debemos educar y generar para ofrecer un blanco mínimo, o inabordable en el caso ideal, aun sin ser conscientes de nada concreto.


    El cerebro es el arma.
    En un enfrentamiento armado, como todo en la vida en realidad, el cerebro es más importante que el músculo, y en el caso que nos ocupa, la movilidad y la posición son más significativas que las armas, y ambas, posición y movilidad son originadas desde el cerebro.
    Los maestros Sun, el más hispano y castizo Baltasar Gracían también,, en sus obras sobre estrategia lo expusieron de forma magistral, un adversario colocado en situación débil es más sensible a la presión psicológica, y en el caso concreto de un enfrentamiento armado, tanto deliverado como sorpresivo, no solo es aplicable si no que es mucho más necesario.
    Un agresor que no encuentra ángulos fáciles de ataque, que tras alcanzar una posición favorable descubre que nosotros, el blanco, ya no estamos colocados en el mismo lugar o de la misma forma, poco a poco va debilitando su decisión. Se hace también más fácilmente detectable, comete más errores, se precipita cuando debe ser calmado, permanece mirando más tiempo de la cuenta, cuando no debería, y cuando finalmente llega el momento de la verdad no se decide y duda.
    Por lo contrario, un individuo, Ud´s en este caso, los buenos de la historia, que por instinto y costumbre se coloque en posiciones que le permitan movilidad, observación y espacio de maniobra, raramente será sorprendido en una situación desprevenida, aun cuando no haya detectado nada, mientras a la vez se facilita la detección de esos potenciales “posibles” agresores.
    Si en la situación preventiva ya vemos la enorme importancia que posee una actitud correcta, es evidente que una vez comenzado el “baile”, ¿existe algo más móvil y fluido que el baile?, esta misma actitud de movilidad y maniobra adquiere su máxima importancia, no más que lo anterior, pero si más visible.
    La idea del combate móvil y de maniobra implica una forma de pensar distinta. Lo tradicional y viril es considerar en combatir frente a frente, cara a cara y golpe a golpe. Pero nada más lejos de la realidad de todos los tiempos. Napoleón fue uno de los ponentes máximos de este principio aplicado a la estrategia, al igual que Rommel en la táctica. La Primera Guerra Mundial fue el más desgraciado ejemplo histórico del desprecio de dicho principio.
    Pero estos ejemplos, si bien no son malos, escapan del campo que nos ocupa, el del profesional armado, ya sea individualmente o en equipo. Y aquí los ejemplos no son menos significativos. David derrotó a Goliath por la agilidad, si no física, si táctica. Claro que si este ejemplo podría considerarse irreal tengan en cuenta a Wyatt Earp y, para no olvidarlo, Miyamoto Musashi, por buscar dos ejemplos temporal y culturalmente dispares sobre el combate individual. De todas formas no creo que sea necesario buscar ejemplos famosos, con los cotidianos basta, el concepto es evidente para todos. ¿Me equivoco?
    Lo que realmente nos debe importar es como logramos que nuestra mente viva con y en ese concepto, que siempre busque estar en posición de ventaja, no para dominar, si no para prevenir. Se puede estar inmóvil mas no estático. Nuestros gestos, posición de pies, lugar, atención, pueden ser vigilados e interpretados. Es todo eso lo que nosotros debemos educar para presentar siempre una posición dinámica aun sentado en un cómodo y lujoso sofá del mejor hotel.
    El mayor pecado es ser reactivo, el permitir que nos tengan en una posición sin capacidad de respuesta, de maniobra. Para evitarlo no es necesario llegar a un lugar y planificar miles de supuestos, aunque en según qué casos y situaciones también se debe considerar, lo que hay que tener claro es que lugares son los más expuestos y que posición ocupamos nosotros respecto a los mismos, ya sea espacial, temporal, profesional o socialmente, para ofrecer el objetivo más arriesgado de atacar.
    Llegado a este punto nuestra mente adquiere instintivamente posiciones de fuerza, la espalda contra la pared y mirando hacia la puerta del bar es la más habitual para muchos de nosotros, estemos o no trabajando en zonas de riesgo, y la que normalmente nuestros conocidos y parejas ya nos sueltan directamente, “tu siéntate ahí que si no se te atraganta la comida y no te relajas”. Seguro que esta anécdota la tiene en mente más de un lector con una media sonrisa.


    La importancia de saber “bailar”.
    Y ya metidos en estos “berenjenales” tácticos, ¿cómo logramos todo lo anterior de forma eficaz? No es fácil pero podemos intentar buscar algunos principios.
    El primero a considerar es una planificación previa realista y, sobre todo lo demás, coherente. Pero cuidado, un plan demasiado detallado y rígido no permite adaptación y genera inmovilidad táctica, por más que nos dediquemos dar saltos como monos araña delante del adversario. Así mismo uno demasiado general no tendrá en cuenta muchos casos y eventos específicos, con lo cual si estos ocurren acabaremos con una mayor confusión, del tipo “si yo lo había planeado, como no se me ocurrió que podía pasar esto”.
    Como todo en la vida lo mejor es el punto medio, el de equilibrio, mental, táctico y operativo en este caso, o en realidad ¿lo es en todos los casos de la vida?
    Correctos y efectivos planes parten de un eficaz y detallado análisis, gracias al cual puede preverse con anterioridad opciones y respuestas. Deben poseer variables que nos permitan adaptarnos con mayor eficacia y rapidez, todo ello en aras de una maniobrabilidad y fluidez que nos facilite sobrevivir y superar al adversario.
    Nuestro segundo principio a considerar podría ser algo tan esotérico, en apariencia, como lograr vernos intangibles e indescifrables, que nuestro adversario no sepa ni pueda interpretarnos. La efectividad del adversario depende de su capacidad para deducirnos en base a los datos que le regalemos. Si logramos que no pueda razonar eficazmente, que su información sobre nosotros sea incorrecta, ambigua o incluso sin sentido, todo ello generará acciones inútiles, agotadoras pero sobre todo desmoralizadoras. Mientras que la acción propia estará basada en acciones preparadas y meditadas con mucha antelación.
    El tercer punto es quizás un poco más complejo de lograr, debemos generarle al adversario más dudas que retos. El enemigo no es tonto, como mínimo debemos pensar siempre que es tan listo y hábil como nosotros mismos, con lo cual, si le ponemos el reto de solucionar un problema, acabará indudablemente superándolo, más tarde o más temprano. Pero si logramos que en su mente entre la duda, haga lo haga pensará si ello es lo correcto, tendrá la inseguridad de si no estará cayendo a una trampa. Esa duda ralentizará sus acciones, llevará a más errores y a más incertidumbres, multiplicando exponencialmente el efecto en si mismo, hasta el punto de poder llegar a incapacitarle para cualquier acción coherente y eficaz.
    Por último, pero no menos importante, es el poder disponer siempre de margen de maniobra, tanto física como tácticamente. Ya sea al inmovilizarnos como al aferrarnos reiteradamente a unos procedimientos “X”, debemos pensar que ello nos resta capacidad de adaptación y réplica. El persistir en la movilidad, e insisto que no solo hago referencia al movimiento físico, nos mantiene disponibles muchas más opciones viables que si nos mantenemos inamovibles.
    No debemos asignarnos obligaciones que no sean importantes en el momento y lugar, ni adoptar posiciones que nos limiten. La movilidad, arriesgándome a ser repetitivamente pesado, es tanto física, como táctica y, quizás la más importante, psicológica. Movilidad implica vida, solo la vida tiene movilidad, de una forma u otra.
    Todo lo anterior no es algo moderno ni siquiera son cosas exclusivas de guerreros, si buscan un poco de literatura se darán cuenta que desde un lejano y legendario Sun Tzu, pasando por Esopo y su fábula de “La caña y el olivo”, por Napoleón Bonaparte y su genial capacidad, hasta llegar a la actualidad y las tácticas “modernas” individuales o de ejércitos, la movilidad y la maniobra siempre han sido las mejores elecciones y pautas de supervivencia en combate; pero también para los grandes de las finanzas, de la política, o más comúnmente, la de todos los que viven el día a día de familia, trabajo, amigos, facturas, etc.
    No es la suerte ni la fortaleza, son la preparación previa, la habilidad y la adaptación las que forjan las victorias.


    ¿Qué marca la diferencia?
    Una vez que ha comenzado un ataque, un tiroteo, una agresión, solo pueden considerarse finalizados cuando la amenaza ha dejado de existir, ya sea porque los agresores han desistido y huido, o ya sea por que han sido reducidos y/o neutralizados por la fuerza.
    Pero, ¿sabemos qué puntos marcan la diferencia?
    Siempre se ha concedido el boleto vencedor al más alerta, al mejor preparado, al que posee el mejor entrenamiento y/o equipo, quien ocupe la mejor posición, el que use las mejores tácticas, al más tenaz, y por supuesto no podemos olvidarlo, el que tenga más y mejor suerte.
    La cuestión de la suerte entra dentro de las creencias personales de cada uno en las caprichosas Nornas, pero las cuestiones de entrenamiento y equipo se resuelven por anticipado, y las tácticas y procedimientos, o quieran definirlos, entran en juego durante la misma acción, debiendo ser perfectos para tener posibilidades de victoria.
    Unas tácticas correctamente entrenadas y estudiadas pueden marcar la diferencia e incluso salvar situaciones desesperadas, compensando una falta de actitud de alerta.
    Los maestros Sun, entre otros muchos, nos aconsejaron sobre encontrar el momento adecuado para actuar, reconociendo y aprovechando la oportunidad, aún en los momentos más críticos. Ya saben, más vale una respuesta imperfecta en el momento adecuado, que la perfecta un momento más tarde de lo debido.
    Y no se trata simplemente de minimizar riesgos. Hay riesgos que debemos evitar, está claro, pero también hay riesgos que como profesionales armados, o ciudadanos protegiendo a los nuestros y a nosotros mismos, debemos asumir.
    Nuestro propósito debe ser siempre el de maximizar las oportunidades, identificando las situaciones propicias, actuando decididamente para neutralizar las amenazas lo más pronto y eficazmente posible.


    El elusivo ¿cómo?
    En nuestro “pacífico” mundo occidental existe una reacción instintiva muy común y letal, ante un ataque real, la incredulidad, la negación, la reacción a la indefensión adquirida:
    Ese caballero viene corriendo y gritando hacia mí con una hacha en lo alto … ¡¡¡no me puede estar atacando con un hacha, no pued… !!!
    Lo dicho, indefensión aprendida y/o adquirida.
    Hay que superar rápidamente ese sobresalto y no negar la realidad. Demorarse en una acción eficaz es una receta segura para la tragedia.
    Reconozcamos la amenaza y enfrentémosla con firmeza, desenfundando y encarando rápidamente nuestra arma mientras nos posicionamos en una posición fuerte y favorable en relación a la trayectoria, probable o efectiva, del ataque. Poner obstáculos en el camino del atacante, presentarle un objetivo difícil y protegido podría disuadirlo de continuar o incluso impedir totalmente su acción.
    Si es necesario el uso de fuerza letal para neutralizar el ataque, disparar sin dilación y con precisión a la línea media del atacante, al centro de masas, sea cual sea la forma en la que nos enfrente. Aun portando, el agresor, chaleco balístico, podemos frenarlo e impedir que actue con eficacia, amén de que normalmente no es posible reconocer de forma inmediata el empleo de dichos chalecos.
    Si tras varios disparos el sujeto continúa en pie después de ser alcanzado por proyectiles bien colocados, es hora de buscar disparos a otra zona más efectiva.


    Vigilancia del entorno.
    El entorno debe ser escrutado verificando si hay o no más adversarios, si hay movimientos de flanqueo, comprobar potenciales rutas, propias y de agresores, localizando abrigos viables propios y para adversario.
    Nunca hay que asumir que se ha finalizado una acción armada simplemente porque las cosas parecen haberse calmado y no se observa alguna otra amenaza. Ese es el momento para recargar si hemos disparado, y aquí no tiene importancia saber cuántos cartuchos creemos haber empleado, hay que recargar cuando queramos hacerlo, en condiciones de seguridad personal, no cuando la situación nos obligue a hacerlo, que será siempre en el peor de los momentos, frente a un enemigo armado y en pleno ataque.
    Si la situación lo permite permaneceremos en una posición fuerte y segura, con una distancia de seguridad eficaz, y aquí es importante recordar que el viejo axioma de “cuanto más lejos mejor” no solo no siempre es factible si no que a veces ni se cumple, ni se consigue y no siempre es seguro.
    Y, obviamente, hay que tener de forma invariable en cuenta y presente el estado y posición de nuestros compañeros, familiares, amigos y/o civiles a salvaguardar.
    Last edited by Cecilio Andrade; 02-09-2017 at 09:52 AM.
    "Ve a decirles a los espartanos,
    extranjero que pasas por aquí,
    que, obedientes a sus leyes,
    aquí yacemos."

    Simónides.

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  2. #2
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    Alcanzado… él o yo.
    La primera cuestión que debemos tener en cuenta respecto a una persona herida, sea de la gravedad que sea, es que sigue siendo una amenaza mortal. En muchos casos se ha producido el efecto de gato acorralado al perseguir innecesariamente a un sujeto herido. La psiquis del ser humano puede tener reacciones de huida hacia adelante cuando se encuentra herido y acorralado, en estos casos lo más aconsejable es hacer uso de la paciencia y dejar que el tiempo corra a nuestro favor.
    Si la situación todavía no está claramente asegurada jamás hay que abandonar prematura e innecesariamente una posición protegida para aproximarse a un herido, del tipo que sea, podríamos nosotros mismos convertirnos en otro herido más, complicando la situación propia y la de los compañeros.
    Respecto a nosotros mismos, una vez asegurada la situación, nos examinaremos para ver si existe alguna herida. En plena descarga de adrenalina a consecuencia de la agresión, amén del masivo coctel químico que corre por nuestro interior, es fácil haber sido gravemente heridos y no darnos cuenta de ello.
    Lo aconsejable es empezar por la parte superior de la cabeza hacia las piernas, ya que las primeras zonas a examinar deben ser las que puedan tener heridas potencialmente más letales. En principio, y sin entrar en casos y detalles específicos, una herida en la cabeza o cuello siempre será más grave que otra en las extremidades, por lo que nos corre más urgencia el detectarlas. Recorreremos palpando el cuerpo con las manos para descubrir si nos han herido, en su defecto solo con la mano de apoyo o incluso, en situaciones más comprometidas, solo con la mirada.
    Ya sea grave o no, una herida es siempre una cuestión a tener en cuenta. Una herida grave requiere atención médica inmediata, evidentemente, pero incluso una herida que no es en apariencia demasiado grave, un golpe en el codo por ejemplo, con el tiempo puede transformarse en algo muy grave, incapacitándonos para la más mínima defensa efectiva.


    En solitario nunca.
    Durante una acción de registro o intervención debe olvidarse el actuar al estilo Hollywood, en solitario, y ello, entre otros motivos, porque simplemente no se puede vigilar en dos direcciones a la vez. Si piensan que lo usual es tener que estar pendiente de una esfera de riesgo, que nos envuelve, y muy raramente de una línea, es facilmente deducible el porque la soledad táctica no es lo más recomendable.
    Existen situaciones donde la mejor opción, es colocarse en una perspectiva de cobertura y dejar que, o bien el adversario venga por nosotros, o lleguen refuerzos que nos proporcionen mayor seguridad de actuación.
    En el interior durante estas situaciones hay que utilizar los cinco sentidos para buscar indicadores del objetivo, y lo de los cinco sentidos no es una frase hecha, es literal. Aunque la vista y el oído son los más importantes, podemos detectar un objetivo por brillos, movimientos, vibraciones, calor, sonidos, olores, formas, contrastes, señales humanas e indicadores operativos, la mayor parte de las veces pueden ser casi imperceptibles a nivel consciente.
    Hay que saber y ser capaz de emplear todos los sentidos.
    El olfato puede detectar olores fuera de contexto como lubricantes de armas, tabaco, colonia, olores corporales, olores primarios de sexo, excrementos o gases corporales, etc.
    Las señales humanas incluyen huellas de pies, de manos, rastros de sudor o sangre, cigarrillos encendidos, comida, sombras, el vaho de la respiración, vibración del suelo o una puerta, etc. Incluso el calor corporal puede ser detectado en según qué circunstancias.
    Respecto a indicadores operativos pueden incluirse ventanas abiertas en un día frío, muebles amontonados contra una puerta, agujeros en tabiques, suelos o techos, y en el peor de los casos, bombas trampa. A este respecto la memoria debe estar alerta por si algo ha cambiado desde la última vez que se observó.



    Nunca presa.
    Indudablemente debemos tener en cuenta todo lo que hemos leído en los apartados anteriores, sobre todo si tenemos en consideración que en una acción armada somos un 50% de cazador y en 50% de presa.
    El sigilo es la clave, con movimientos lentos, cuidadosos y sistemáticos, estudiando cada problema táctico de forma individual. Detenerse, mirar, escuchar, frecuente y metódicamente desde detrás de un abrigo o al menos una cubierta que nos oculte y proteja. En una situación de búsqueda, tras un ruido inesperado hay que inmovilizarse al menos un minuto para escuchar posibles reacciones.
    Jamás hay que asumir que algo situado en nuestra zona de responsabilidad es seguro hasta que no haya sido verificado por uno mismo, si pensamos que otro lo hará, lo más probable es que nadie lo haga. En este entorno hay que recordar siempre o se está seguro o está expuesto. Es por lo que hay que maximizar la alerta ante las amenazas potenciales y minimizar la exposición a ellas.
    Mantendremos la distancia a las esquinas desde las que no se pueda ver más allá, cuidando de no introducir la boca del arma en un espacio que no haya sido asegurado ni examinado.
    La pereza y el descuido en los detalles son buenas cartas para el desastre, no deben olvidarlo, jamás.


    Bailar tácticamente.
    El equilibrio es algo que hay que mantener y no perder jamás, manteniendo el arma lista para poder abrir fuego de forma inmediata sobre cualquier amenaza que pudiese surgir.
    Es muy importante no olvidar el principio de los tres ojos, hacia donde vayan los dos ojos del operador allí va la boca de su arma, y viceversa. El arma debe estar preparada y situada sin que bloquee el campo de visión pero lista para disparar con eficacia en centésimas de segundo, siempre de forma consciente y contrastada de a que disparamos.
    Evitaremos detenernos en lugares abiertos y expuestos, saldremos de ellos a paso rápido, sin cruzar los pies ni correr, a menos que estén disparando y aun así no siempre es aconsejable correr sin más.


    Disparando.
    A la hora de disparar lo único importante es lo básico, lo que algunos llaman los tres secretos. Secretos que son, no debemos olvidarlo, obvios y de sentido común:
    - Empuñamiento.
    - Imagen en las miras.
    - Control del disparador.


    Debemos ser capaces de alcanzar eficazmente con varios disparos seguidos al blanco en el menor tiempo posible, antes de que él sea capaz de hacer lo mismo con nosotros.
    Y finalmente algo que simple y llanamente es lo más obvio:
    Si no se puede dar en el blanco cuando es necesario
    todas las tácticas del mundo son inútiles.


    Y finalmente tenemos al Coronel Boyd.
    En resumen, más de 4100 palabras para volver a disertar sobre el modelo del Coronel Boyd, OODA (Observar, Orientar, Decidir y Actuar), pero en otros términos.
    Las vueltas que da la vida, ¿vueltas? ¿Evolución? También es movimiento ¿no?
    A lo mejor es tan sencillo como decir “mientras hay movimiento hay vida”, para todo, y solo con cinco palabras.
    Está claro que me gusta complicar lo sencillo ¿ o no?
    Cuidense y cuiden de los suyos.



    Centroamérica, Febrero 2017.
    "Ve a decirles a los espartanos,
    extranjero que pasas por aquí,
    que, obedientes a sus leyes,
    aquí yacemos."

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